La nación wayú, donde la palabra tiene fuerza
octubre 22, 2009
“Solo arreglo peleas por muertos”, afirma Enrique Ipuana, un hombre de pómulos grandes, dentadura blanca y piel tostada por el sol, quien a sus 89 años se ve macizo como si hubiese sido construido con cemento.
Esos problemas los arregla desde Napaipa, una ranchería en pleno desierto de La Guajira, donde ejerce el poder como un patriarca bíblico desde hace 62 años, cuando la familia lo escogió para que reemplazara a su abuelo como palabrero, la figura tradicional que representa y simboliza todo el sistema conciliatorio y compensatorio de la justicia del pueblo wayú.
“Me escogieron porque sabía hablar el castellano y el guajiro completicos”, agrega Ipuana, quien recuerda que en un principio viajaba hasta siete horas en caballo atravesando el dorado desierto guajiro para resolver y conciliar conflictos que iban desde pequeñas querellas entre indígenas como heridos a trompadas, el robo de ganado o un noviazgo furtivo, hasta casos más graves como peleas de familia que terminaban con muertos.
Los wayú están organizados en clanes heredados por la línea materna. Las clases, como en casi todas las culturas, se determinan por su poder económico y reconocimiento social. Cada familia se relaciona con un animal o un tótem, representados con herrajes, que además de ser símbolos familiares se utilizan para marcar los semovientes.
Por eso, explica, el asesinato de un indio rico representa problemas serios en los que tienen que mediar los palabreros, cuando una de las partes no quiere pelear y la otra lo acepta. Sin embargo, hay casos en los que en esta tierra -como en el Viejo Oeste-, la sangre se paga con sangre y se desatan guerras entre clanes que duran años y terminan con muchos muertos.
“Para arreglar estos asuntos hay que tener mucha paciencia, no ponerse a pelear para convencer al indio que pague su falta. Insistiendo por las buenas, se logran los acuerdos de pago”, dice el viejo Enrique, quien ha durado hasta dos días con sus noches arreglando asuntos de muerte en las rancherías de La Guajira.
Para saldar la deuda de un muerto se pagan hasta cien reses y collares finos. El pago se negocia en cuotas anuales a un plazo de tres a cuatro años, dependiendo de los recursos que tenga el infractor y las posibilidades para reunir la multa.
El Palabrero fue declarado expresión inmaterial del patrimonio nacional; sus características lo convierten en uno de los pilares del sistema social y en la esencia del sistema wayú. Por eso, esta etnia posee las bases de un sistema tradicional de solución de conflicto que ha seguido vigente a través del tiempo.
“Trabajamos distinto que el abogado porque ellos le ponen precio al caso dependiendo de la familia. Yo cobro cuando he terminado el trabajo y, si hay buenos acuerdos, me reconocen lo justo”, explica sin afán, sentado en su mecedora debajo de una enramada, en la que soporta el abrasador calor de las 2 de la tarde.
Los wayú son quizás la única comunidad indígena de Colombia cuyos miembros, pese a ser aculturizados, no han perdido su pureza racial. Oyen y bailan los vallenatos de moda, manejan Toyotas último modelo y usan gafas Ray Ban, pero no dejan de lado costumbres primitivas, como el pastoreo, y mantienen viva su lengua, el wayuunaiki.
El vestuario los identifica: A las mujeres la manta, y los hombres, en las rancherías, usan el guayuco y un sombrero para el pastoreo. Lo mismo que las artesanías (mochilas y chinchorros), que son un fuerte renglón de su economía, y la música, otro aspecto de su identidad. La yonna -el baile de la chichamaya-, el kasha (tambor), el wawai (sonido con las manos) y el jayechi (canto) están presentes en su cotidianidad.
La figura de Enrique aparece en afiches que exaltan la riqueza cultural de los wayú. Se ve luciendo camisas de manga larga, pantalón de línea, collares de piedras finas y un cinto con un revólver calibre 38 que le regaló el general Gustavo Rojas Pinilla. “Si ven que uno no tiene nada, lo primero que dicen es que ‘ese es un limpio’, pero si llega emprendao, eso sí infunde respeto”, cuenta el palabrero con una mirada.
Los juegos
Para preservar su cultura, usos y costumbres, realizan diversos encuentros en Riohacha y Uribia en los que los juegos tradicionales son los protagonistas, desde niños hasta adultos. La achinpajawa (flecha), la aapirawa (lucha libre), el jawajawa (tejo), el oulakawa (tiro con cardón) y el jayechi(canto), son las competencias en las que los más avezados representan a sus rancherías.
Un pueblo entero
En La Guajira el 42,43 por ciento de su población (142 mil habitantes) pertenece a la etnia wayú, la más numerosa del país, que se encuentra repartida en un área de unos 12 mil kilómetros cuadrados.
Uribia, el municipio más grande del departamento, es considerado la capital indígena de Colombia, pues de sus 166 mil habitantes, el 90 por ciento pertenecen a esta cultura.
Aquí, cada año a mediados de mayo, se celebra el festival wayú, de significativa importancia para la preservación de los valores. Concentran bailarines, artistas, cuenteros, poetas, pintores, músicos, artesanos, autoridades y médicos tradicionales. Durante ese tiempo, se designa la Majayut, princesa central de las festividades.
La secretaria de cultura de Uribia, Esther Fernández, dice que el municipio impulsa escuelas de formación y preservación de las tradiciones del pueblo, como una forma de preservar su cultura. El dialecto es lo más fuerte que tienen, y pese a que se relacionan muy de cerca y conviven con los no nativos (arijonas), no se ha perdido.
“Donde vayamos siempre mostramos nuestra cultura a través del baile, atuendos, comida y tradiciones”, señala la funcionaria, que viste manta guajira.
Ramón González Jusayuu es un experto tejedor de sombreros wayú, que enseña a 25 niños a fabricarlos, con el patrocinio del Sena. Las clases las reciben bajo una enramada en Guarerapa, su ranchería, ubicada a 30 minutos a pie de Uribia y a 10 en carro, a donde a diario llegan los pequeños a aprender los detalles y secretos de esta artesanía.
“El sombrero es uno de los símbolos de los palabreros y tiene mucho valor en nuestra cultura”, señala González, quien busca que esta tradición no se pierda, ya que son los hombres los encargados de tejerlos.
Uno de esos sombreros es el que luce Enrique Ipuana como autoridad de su pueblo y cuya única razón de existir es buscar la armonía y convivencia de sus paisanos en una región donde la palabra aún mantiene su fuerza.
El sepelio, toda una ceremonia
Los wayú acostumbran a prepararse bien para los velorios, pues es el último homenaje que la comunidad le hace a uno de sus miembros antes de despedirlo.
“Es un gasto grande”, dice Ramón González Jusayu para referirse a los costos que debe asumir la familia del difunto. Estos comienzan con la compra de pimpinas de chirrinchi, trago artesanal, con el cual preparan primero al muerto para que resista por lo menos tres días hasta que llegan de las rancherías todos los miembros de la familia, y beben los dolientes.
Luego matan ganado para preparar comida y regalan chivos a todos los que llegan a las nueve noches del velorio. La exhumación, que se cumple a los seis años, es una ceremonia similar.
“Los que vienen al velorio deben traer chivos y trago, algunos viajan en burro en caravana por el desierto para llegar al entierro”, señala González.
Todas las pertenencias del difunto pasan a manos de los hijos o los tíos en la línea materna, mientras que los objetos personales son enterrados con él.
La persona debe ser enterrada en su territorio ancestral, es decir que cuando salen de sus rancherías y mueren en otros territorios, deben regresar los restos por parte de la familia.
Mito de la creación del tejido
Un relato de los viejos dice que wale’keru perdió a su madre cuando aún era niña y que para su desgracia pasó al cuidado de las hermanas de su padre, quienes solo la trataban bien en su presencia.
Al despertar un día cualquiera, el padre de wale’keru encontró al lado del chinchorro un hermoso tejido dirigido a él. Queriendo agradecer, preguntó por la autora del mismo. Sus hermanas contestaron apresuradas que habían sido ellas. Las tías de wale’keru no lo habían hecho.
Una noche, el padre de wale’keru, intrigado por saber qué hacía su niña antes de dormir, la fue a mirar y se quedó sorprendido y a la vez triste al descubrir que la hábil tejedora era su hija.
Faltando poco para el amanecer, el padre de wale’keru quiso pedirle perdón a su hija por la poca atención que ella le había merecido, pero con tan mala suerte que cuando empujó la puerta, wale’keru se convirtió en araña y huyó de la casa para siempre.
Así se dice…
Soula: figuras de hilo
Chocho: trompo
Yonna: baile de la chichamaya
Wawai: sonidos con la mano
Jayechi: canto
Casi: luna
Anaa: está bueno
Ekaa: lo que encuentra
Waya: nosotros
asaa: hablar
irama: venado
jayaa: ellos o ellas
malaa: bobo o boba
olu: hacha
atak: planta
piyulu: mochila para llevar el agua.
Hello world!
octubre 22, 2009
Welcome to WordPress.com. This is your first post. Edit or delete it and start blogging!